Hacedores de Instrumentos y de Historia

“Asimismo deben ir algunos instrumentos e músicas para pasatiempo de las gentes que allá han de estar”.
Los Reyes Católicos al Almirante D. Cristóbal Colón. Instrucción para el buen gobierno de la gente pobladora de las Indias, (15 de Junio 1497).

El valor estratégico que asignaban los reyes católicos a la música, en su poder de facilitar la adaptación y gobierno de “los viajeros de india”, determinó desde muy temprano en la conquista de América, la presencia de instrumentos sonoros del viejo continente.

De igual pensar, los misioneros de las diferentes compañías (jesuitas, franciscanos, y dominicos) utilizaron ampliamente la música y el canto como estrategias eficientes en los procesos de evangelización y control social de los aborígenes y seres traídos como esclavos del continente africano.

En los diarios testimoniales de los jesuitas (siglo XVII), participantes de las misiones entre los “guaycurúes, guaraníes y pueblos afines, ubicados territorialmente en las regiones del actual Brasil, Uruguay, Argentina y Paraguay, explícitamente se testaba la “inclinación natural de los nativos por los sonidos europeos” y la utilización de la música como una potente arma de conversión, “capaz de seducir las almas salvajes en la adopción de la vida de cristianos, lográndose transmutar aquellos feroces leones en mansos corderos”.

Para el momento del “encuentro de los dos mundos” en 1492, dos cordófonos dominaban la presencia musical en las cortes, actos sacros y calles españolas: “la vihuela” y la “guitarrilla’, o guitarrica” (guitarra renacentista).

“La vihuela”, contaba con seis, siete, y hasta ocho órdenes (pares de cuerdas), las cuales se ejecutaban punteadas, correspondiendo primordialmente su desempeño dentro del género polifónico y su carácter de instrumento fundamentalmente solista.

La “guitarrilla’, o guitarrica” (guitarra renacentista) constaba de cuatro órdenes, cuyos acordes, solían rasguearse (música golpeada); este instrumento de amplísima aceptación popular, se utilizaba esencialmente para el acompañamiento, característica que le privilegió su presencia, tanto en las juergas y tascas, como en la corte real, misas cantadas y actos sacramentales.

En Europa, “la vihuela” como instrumento preciosista, tuvo su auge fundamental entre los siglos XV y XVI; su máximo esplendor en la Península Ibérica lo alcanzó entre los años 1536 y 1576, período en el cual se publicaron el primero y último texto conocido sobre el instrumento (El Maestro, de Luis de Milán, Valencia, 1536 y El Parnaso, de Esteban Daza, Valladolid, 1576).

La guitarra renacentista, cuya presencia fue determinante en América, evolucionó hacia la guitarra barroca (1600-1750), de cinco órdenes, cada uno formado por dos cuerdas separadas. Un antepasado de la guitarra clásica moderna.

Resulta fácil inferir, la insoslayable necesidad que existió, entre los primeros pobladores europeos, de incluir artesanos de instrumentos, quienes trasladados del viejo continente, permitieron el desarrollo en las colonias de escuelas de aprendices reproductores de las técnicas y tradiciones europeas, indispensables en la reparación, construcción, y no pocas veces innovación de instrumentos musicales, para lo cual, fueron incorporando recursos materiales y formas del nuevo continente (árboles autóctonos, dimensiones, afinación, etc.).

El cuatro que hoy conocemos y aceptamos como representante emblemático de nuestra coincidencia cultural, es una expresión inacabada de un proceso evolutivo histórico, hijo cercano de la polifonía punteada de la vihuela, más aun, del rasgueo invitador de encuentros de pueblo de la guitarrilla.

Por los caminos libertarios de nuestras patrias, “el instrumento” se bañó de las cadencias rítmicas del negro esclavo y de la melancolía sonora de nuestros indios y su historia cortada. Su estampa destella como una expresión más del mestizaje que nos identifica y contiene.

El cuatro, es un ser viviente que sufre la metamorfosis inducida por las necesidades creativas del hombre que lo toca y del tiempo que les toca vibrar. Los seres que los construyen, lutier de las posibilidades musicales, complementan su crecimiento y son artífices de su destino, en sus dedos laboriosos de un oficio juicioso, se teje el continuo de un pasado lleno de experiencias sonoras y un futuro de patrimonios por conquistar.

Para ellos, “hacedores de instrumentos y de historia”, en este 7º encuentro de la Siembra del Cuatro, nuestra admiración permanente.

En sus manos, iniciativas y creatividad, descansa la inmortalidad del cuatro.

Que Dios bendiga su arte y a los artistas.

Marco Tulio Mendoza Dávila.

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